Nudos y latidos

He decidido ponerle fin a mi vida. Un salto desde la silla con la cuerda anudada alrededor del cuello. Lo prefiero así por ser más limpio que un disparo, aunque he dejado la pistola a la vista, cargada, por si algo falla. No me he parado demasiado a buscar razones, únicamente he mirado a mi alrededor y basta. Ahora miro el nudo de la soga, tan perfecto que reconozco me gustaría tenerlo visible en el momento del salto.

Hace un mes y medio que me corrieron del trabajo, al igual que otros cientos de compas como yo. Fue un papel el que daba la noticia hablando de una serie de reajustes laborales, del delicado momento económico del país y su crisis, de lo difícil que es para todos, incluso para la patronal, por lo que ni hablar de la liquidación. Firmaba el jefe de planta, el secretario de recursos humanos y el director. A eso le seguía una larga lista de nombres y apellidos. Palabras, nada más. Eso éramos, eso somos. Palabras que debido a la decisión de palabras más importantes nos dirigen palabras con un significado que nadie se atreve a plasmar en palabras. Buscando mi nombre no pude evitar leer el de mis compañeros, golpeándome los rostros de sus esposas y sus hijos, hasta que finalmente recibí el golpe más duro, el de mis rostros, los de mi familia. Mis ojos, que parecían sentir aguijones y su veneno, se clavaron en esas letras que me identificaban como futuro desempleado, un futuro tan cercano como incierto, teniendo no más de veinte días para seguir yendo a trabajar, asumir mi inmediato despido e intentar saber qué hacer con mi vida y la de los míos. Vi algunas lágrimas, pero solo serían las primeras. Habría mas en la casa, de mis compañeros y sus esposas; esa misma noche y las que vendrían.

Ya pasó demasiado tiempo y no se qué hacer. Mi aspecto, mi raza, mi edad, mis responsabilidades familiares, mi experiencia profesional demasiado especializada, la ausencia de ofertas… No hay nada. Hay a quienes conocidos les han dado empleos dignos únicamente de esclavos y se sienten agradecidos. No se cómo me sentiría yo. Solo sé cómo me siento ahora cuando miro los platos de mis hijos a la mitad y debemos mentirles diciéndoles que mamá y papá ya han comido; cuando en la piel de mi esposa aparecen estrías por su delgadez y su rostro se empalidece por días; cuando siento que mis brazos pierden fuerza, a la vez que brillo mis ojos; cuando los estómagos no tienen fuerza ni para pedir y los ojos se nublan anticipando un desmayo; cuando en el mercado se pierde la mañana negociando el precio de las cosas, explicando mi situación, pidiendo caridad; cuando intento ganarme alguna moneda ayudando a algún comercio y me piden que no lo haga, por las buenas y por las malas; cuando veo a una familia como una vez lo fue la mia, sin gritos ni malas caras, simplemente felices, queriéndose. Sé entonces como me siento. Siento que muero, más por dentro que por fuera, y por eso ahora contemplo la perfección del nudo de esta soga, el cual me gustaría contemplar en el momento del salto.

Me pregunto si seré el primero o si alguno de mis compas ya lo hizo. No creo que sea cuestión de valentía o cobardía. Eso no es lo que pesa en la balanza de la vida, al menos en los momentos de decidirse a hacerlo. Es cuestión de no estorbar, de ceder mi pequeña parte a quienes amo, de no ser alguien más que necesita. Es mejor así, no me siento culpable por hacerlo. Sé que mi marcha les entristecerá, pero no tardarán en comprenderlo. Tendrán que preocuparse por salir adelante y eso les hará olvidar. Yo aquí no puedo ofrecerles nada. Me siento demasiado cansado y desesperado como para decirles que les quiero, para darles amor, lo único que puedo darles. Mi corazón siento que se pudre, se está pudriendo y no quiero hacer más daño. No quiero un corazón como el de aquellos que me han llevado a esta situación, podrido, podrido de interés, de dinero, de odio, podrido de muerte a costa de las vidas de los demás, nosotros. No, yo no quiero tener un corazón podrido como los suyos. Creo que es mejor morir con un corazón digno que vivir con un corazón podrido.

Es cierto. Qué chingados... Sí, los corazones podridos no deben vivir, o eso creo. Mi corazón no se pudre, son ellos quienes lo están envenenando. He dado toda mi vida a esos cabrones. Me han robado los mejores años de mis hijos por darles algo que comer. Me han robado tiempo que compartir con mi familia. Me han robado la fortaleza de mi salud, de mi cuerpo. Me han robado la vida, han matado mi vida. Me han… Me han asesinado. Me han asesinado y pretenden que sea yo quien firme mi muerte. Pero… ¿qué carajo…? Todas estas preguntas son cómplices de mi muerte mientras esos hijos de su chingada madre estarán follándose a cualquier puta de lujo en cualquier hotel de cinco estrellas después de haber compartido cocaína con cualquiera de sus socios en cualquiera de sus frecuentados reservados en discotecas de moda, esperando a irse en su coche de portada a su casa de revista para decirle a su mujer que si quiere le paga una operación para realzarle el trasero porque se lo ve grande y caído.

¿Qué? …¿Qué? ¡No! ¡No mames! Son ellos quienes me están pudriendo el corazón, con sus contratos basura, sus salarios y horarios de la verga, el trato de esclavo y su pinche moral que me dice que tengo que obedecer, callar y lamerles el culo porque me tienen agarrado por los huevos y pueden hacer conmigo lo que quieran. Pues una mierda. Ya me he cansado de esto, de esta mierda de vida que me han hecho vivir para ahora deshacerse de mí como si nada. ¡Pues chingue su madre! Ahora soy yo el que se va a deshacer de ellos, ahora soy yo el que les va a mostrar lo puta que es la vida cuando un cabrón quiere.

Creía que la iba a necesitar por si algo fallaba cuando en realidad lo que fallaba era mi cabeza. Guardo la pistola sabiendo que por ahora no la voy a necesitar, pero sabiendo también que llegará el momento en que, después de hacer lo que siento justo, podré marchar en paz por haber liberado un cuerpo de corazón podrido y por ello haber liberado también a cientos de cuerpos que mueren por su veneno.

La soga, cuyo nudo tan perfecto no deja de asombrarme me hace ver que soy capaz de hacer aquello que realmente deseo.

La dejo a la vista para no olvidar el por qué, este por qué.

Entrenamiento

El tic tac de un reloj y un viejo frigorífico es lo único que suena en la habitación, creando un aura de soledad, un aura tétrica. Leo un texto que me roba por por minutos la atención, el corazón y el sentir de mis brazos, recobrándolos éstos últimos al moverlos hacia un teclado con la intención de escribir algo, no se qué, pero algo que me haga liberar eso que se ha creado dentro de mí tras leer esas letras y que está esperando explotar, sin saber muy bien por donde, intentando abrirle mis ojos y mis dedos como vías de escape a su metralla. Las letras hablaban de dolor, de injusticia, de sin razón, de impotencia. Son muchos quienes leen muchos textos como éste en un vano esfuerzo por intentar comprender lo que pasa en otras zonas geográficas del planeta, queriendo conocer vidas ajenas tan atroces que no nos atrevemos a imaginar por miedo. Miedo a que eso que imaginamos y que tanto dolor causaría a cualquier persona pueda estar pasando realmente en algún lugar, tras cualquier pared, tal vez, la que se encuentra a nuestra espalda. Pero no. Nunca podremos sentirlo igual. Nunca. Y nos compadecemos creyendo que así luchamos por ellxs y somos como ellxs, y con ellxs nos alzamos, demostrando que estamos a la altura impulsados por una inferioridad que no reconocemos, sintiéndolxs por debajo a ellx y a nosotrxs. Y no lo somos. Y si bien reconozco que la intención es buena, también es retrógrada. También hay quienes no quieren leer estos textos ya que la vida es para reír, gozar, ser feliz, el Carpe Diem y esas otras gilipolleces que se imponen como escusa para no ver la mierda que hay en el mundo y la responsabilidad que tienen al respecto, más aun por negar lo que no quieren ver, no queriendo tampoco reconocer que su jodido sistema no es tan perfecto como saben y aun así lo defienden a capa y espada, sin importarles quienes degüellen en el intento.


No. Este mundo no es justo. En cambio la justicia se acompaña de la palabra libertad y democracia en una constante repetición de los valores de su moral (la que han hecho sea la nuestra, imponiéndonosla) que hace que también la defendamos al sentirla propia e intocable, haciéndonos cómplices sin saberlo. Me cansa tanta doble, triple y cuádruple moral que solo pueden romper y manipular unxs cuantxs en sus reuniones sin apenas tener recriminaciones por ello, para luego marginar y encerrar a quienes infringen un breve capítulo de sus innumerables artículos. Me cansa tanto odio hacia quien tenemos al lado y no hacia quienes viven en otras esferas, flotando, nadie sabe dónde, en burbujas sin muerte ni miseria, sintiendo el resto miedo solo por señalarles, por ponerles nombre y apellidos, por temor a que su moral y su ley recaiga con su peso sobre nuestra vida, destruyéndonosla. Me agota este disparate de vida donde lo malo, sabiendo por qué es malo, no existe y lo bueno, sin saber por qué es bueno, es perseguido durante toda una vida. Sudo desesperanza por esta dicotomía bueno-malo, cielo-infierno, blanco-negro, izquierda-derecha, vida-muerte, amigo-enemigo, donde te obligan a posicionarte sin preguntarte antes si ves alguna otra opción, sin darte siquiera tiempo para pensarlo.

Me canso, me agoto, sudo. Ahora lo entiendo. Estoy entrenando, se trata de eso. Me preparo para cuando den la salida con ese disparo al cielo, tan esperado, tener claro hacia dónde dirigir todas las fuerzas, que poco a poco voy adquiriendo, hasta ahogar mi último aliento y ganar o perder esa batalla, en la que al menos, sabré que lo he dado todo en un intento por vivir la realidad y destruir ese escenario al que llamamos “realidad”.

Amor de astro

Despierto
y es tu calor el que abraza
mi tumbado y desnudo cuerpo.
Sonrío al imaginar mi mueca
de ojos entreabiertos por verte.
Ahora te veo, pero estás lejos.
Sin embargo siento mi piel
aun quemándose por ti.
Poco a poco, te alejas
y yo, impasible, lo acepto,
como cada vez que marchas.
Mientras tu silueta se dibuja en sombra
recuerdo aquello que me regalaste.
Tu tiempo, tu calor, tu energía,
tu vida, mi vida.
Y entretanto te escapas,
sin poder verte,
y un escalofrío recorre mi piel
ahora fría sin ti.
Y como tu ausencia me duele, te odio,
y te digo puta cien veces
pues cualquiera que se pare firme ante ti
recibe tus virtudes como ofrenda.
Y días que te espero ardiente
no apareces, humillándome,
preguntándome si vendrás más tarde,
quizás mañana. Solo quizás.
Me pregunto si tendré mas días para esperarte
o si hoy se acaba mi calendario.
Y te vuelvo a decir puta, mil veces ya,
porque sabemos que por eso te quiero, por puta,
conformándome solo con verte a lo lejos
mientras mis manos, ciegas, te buscan,
sin importar con quien te escondas
ni a quien derrita ahora tu tacto.
¿Acaso no es esto amor?
¿Acaso no debería serlo?
Tu eres libre de mí por ti.
Yo soy libre de ti por mí.
¿Poseernos? Solo en los recuerdos.
¿Atarnos? Solo en los sueños.
Y aunque te mire y me duela
me gusta saber que sigues ahí,
aunque inalcanzable.
También de noche, como reflejo.
Dime tu, estrella de vida,
si tú, esfera de lava y fuego
y yo, cuerpo de tejidos y agua,
compartimos este amor,
libre e infinito como tus rayos,
¿por qué los humanos, ni entre ellos,
son capaces de entenderlo?


San Consumín


En nuestra vida tenemos numerosos días importantes que se repiten cada año: cumpleaños, aniversarios tanto buenos como malos, festivos… y cada cual decide como celebrarlo. Aunque esto no ocurre siempre. Hay días (cada vez más) en los que la celebración ya está encaminada, por decirlo de alguna manera, hacia una celebración concreta. Como no, la mayoría de estas están relacionadas con un consumo mayor que el habitual de distintos productos (alimentos, bebidas, regalos, ropa para la ocasión…) pero nos lo venden como una fecha que merece alguna distinción en nuestro calendario, siendo también una buena escusa para romper con la rutina que muchas veces y sin darnos cuenta se apodera de nosotrxs hasta hacernos meras máquinas de producción y consumo. Todo esto me viene a la cabeza por la proximidad a un 14 de febrero, día de San Valentín en España (aquel país de países) o día del Amor y la Amistad en México (aquel… aquella realidad). Han sido cuatro los febreros en los que he tenido que argumentar mi incomodidad ante esta fecha con mi pareja de aquel entonces, alegando que por qué ese día para demostrar a alguien que lx quiero, lx amo. La respuesta, prefabricada, descubre una razón irracional de nuestro día a día: “¡Todo el mundo lo hace! ¿Por qué nosotrxs no?”.
La respuesta a esa pregunta, contestada de manera instintiva sería que “por que el mundo está enfermo”, pero me intentaré esforzar un poquito para que no haya quien piense en visitar un centro de salud. Yendo a la raíz del problema, se ha de reconocer que la razón de “todo el mundo…” es válida en tanto es la consecuencia directa de un mercado que rige, moldea y reproduce un sistema internacional y globalizador que a la vez rige, moldea y reproduce la destrucción del mundo en el que se expande, como mero cáncer. La diferencia en este mundo de tendencias, las cuales el mercado va reciclando para nunca paralizarse, se percibe como algo negativo por el hecho de no querer embarcarse con sus “iguales” (seres de la misma especie) en un mundo homogéneo, sin diferencias de ningún tipo donde debido a ello la felicidad plena será fácil de alcanzar. Esta idea fomentada tanto por el cine, publicidad, educación, prensa, etc. conlleva a la marginalidad, siendo complicado desprenderse del rebaño central, no solo porque deberás de gestionar tu propia vida, sino porque el rebaño continuamente te excluirá de cualquier esquina del redil y a la vez te recriminará que no perteneces a él, siendo constantemente comparado y subestimado, haciendo más difícil tu vida y una toma de decisiones propias y libres. Es por esto (y volviendo al tema) que se hace jodido el decidir mandar a la mierda a todas aquellas personas (incluida tu pareja) que valoran mas que un día del año le compres una rosa o cualquier gilipollez, mas reconocible por cierto cuanto mas cara, a compartir el silencio de un cielo de estrellas de cualquier día de la semana mientras un “te quiero” inesperado se escapa como un susurro que parecen haber dicho las mismas nubes que emborronan la luna para quemar cuatro pupilas que comparten el peso de la inmensidad en un beso sin protocolo.
Las radios, concesionarios, periódicos, cadenas televisivas, bazares, y no me sorprendería ver también alguna taquería, se preparan para este esperado día, en el que todo el mundo sabe que solo se trata de una verdadera fiesta para lxs empresarixs, pero qué menos que un pequeño detalle. No importa que trabajes durante doce horas cada día, intentando vender cualquier mamada que te encargue tu jefe, otro tiburón capitalista inmiscuido en una mafia mayor en la que seguramente varios diputados andarán intentando recoger migajas acosta de sangre, ahogándote en ese caliente, artificial y podrido aire de la fábrica o el metro, dejándote la voz y la vida. No, has de cumplir ante Dio$. Aquí en México es realmente exagerado, pero ya lo dice el dicho: Tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios. Y es que, aunque os puedan aburrir las típicas denuncias de un aburrido antisistema por hobby (ya les gustaría), la influencia sociocultural del imperio USA (amén) marca nuestro día a día y se impone sobre las tradiciones y sobre lo natural, prefiriendo escuchar a Mario Bross o al presentador del telediario de la noche antes que las historias de nuestrxs vecinxs o simplemente las de cualquier ave. Influencia, por cierto, dirigida

única y específicamente al consumo indiscriminado, el cual sostiene un sistema muy inteligentemente creado para explotarnos a la vez que sonreímos y damos las gracias por ello. Para ello, un brutal marketing, utilizado también en fechas como navidad, en las que se supone que el hecho de celebrarlas te convierte en una mejor persona por vivir los valores que los mismos publicistas te dictan: amor, amistad, cariño, democracia, libertad…cuando tal vez te veas comprometido a verte con alguien que odias, te es indiferente o incluso ni conoces. Es decir, que el valor más importante es el del dinero, el cual te obliga a comportarte y hacer cosas que detestas.

Vale, hay gente que sí que realmente vive y siente estas fechas como dice la tele que deben vivirse y sentirse, pero eso no excluye que se siga tratando únicamente de un negocio y también que es bastante probable que esas personas no tengan los problemas de la mayoría de la gente o, mejor dicho, no vivan como la mayoría de la gente.

No escribo esto por desamor, melancolía, envidia o falta de sexo, sino porque estoy cansado de tanto corazoncito y color rosa y especialmente de los autobuses en los que solo se pueden escuchar canciones que solo hablan de todo eso.

Amaré todos los días de mi vida, pero odiaré por el amor de un solo día.

Sudando miedo

Hoy he conocido al miedo. Hoy he sabido lo que es temblar aterrorizado, sentir un escalofrío constante por todo mi cuerpo. Las historias acerca de fantasmas, espíritus o como le querais llamar, son numerosas acá en México, pudiendo escuchar de primera mano relatos de apariciones, accidentes, posesiones temporales… por gente que lo único que quiere es compartir sus vivencias, más allá de protagonismo o dinero, como estamos acostumbrados. Como decía, me han rodeado últimamente estas historias y ayer, en la que sería la primera noche en mi nueva casa, sentí miedo por la soledad, la sombría y el silencio de pasillos y habitaciones mientras me preparaba para ir a la cama. Intentando no pensar en bobadas (llamándolo así restarle importancia) me dormí. No tardé demasiado debido al cansancio del día, el cual empezó pronto. Las ventanas, tapadas por fuera con rígidas chapas a modo de rejas impiden entrar, además de ladrones, cualquier rayo de luz, por lo que no podría aproximar la hora en que me ocurrió lo que ya os cuento. De pronto, sentí una fuerte presión al otro lado del colchón, el cual es amplio. Noté como si alguien se sentase junto a mi, mientras yo le daba la espalda. La enorme duda por lo que ocurría helaba mi piel. Pensé en girarme y mirar, sin saber qué podría esperar ver, pero me faltó valor, asique conservé mi posición, inmóvil. Pasó el tiempo y el no sentir nada hacía que me relajase, moviendo un tanto las mantas que me abrigaban, aunque sin girarme aun hacia el otro lado. Pero inesperadamente sentí como aquello que se había sentado, desde esa posición, se tumbaba junto a mí, a lo largo de todo el colchón, pensando que había permanecido tan inmóvil como yo pero desde su posición, superior a la mía, preguntándome si había estado observándome todo ese tiempo.
Fue entonces cuando mi cuerpo empezó a temblar como nunca antes lo había hecho, pues temblaba por puro terror. Sentía tan claramente como el colchón cedió su forma a aquello que se tumbaba que estaba convencido de que había algo o alguien. La presencia persistía y yo era incapaz de apartar mi mente de aquello. Era tan incómoda e inquietante la escena que me agarré con fuerza a las mantas y de un golpe de valor y rabia decidido quise girarme hasta poder mirar al otro lado y gritar “¡fuera!”. Pero tan solo cuando mordí mi labio inferior para empezar a pronunciar esta palabra noté que me era imposible moverme. Las mantas parecían haberse convertido en planchas de acero que me inmovilizaban. Intenté deshacerme de esa prisión de hilos en tres ocasiones, pero me resultó imposible y llegué a agotarme.
Al sentirme tan vulnerable y sin lograr comprender que era lo que estaba ocurriendo en aquella habitación únicamente mantuve la misma posición a esperas de que todo ello acabase, creyendo que sentiría como aquello que seguía a centímetros de mí en la misma cama se marcharía. Pero estaba equivocado. Un tiempo después, abrí los ojos como se abren los pulmones de alguien que emerge del agua en busca de un aliento de vida. Me vi en la misma posición, mirando hacia la pared de la ventana. No me había movido, pero no me atreví tampoco entonces a girarme. Ya un tiempo después y con el sueño más ligero me giraba, miraba la habitación sin saber si realmente quería ver algo. No hallé nada. Entonces me pregunté si lo que viví había sido real y solo tenía que recordar aquel temblor por todo mi cuerpo para responderme. Sin embargo, cada vez que lo recuerdo no descarto la posibilidad de haber sido una de las peores pesadillas que he tenido, tal vez por mi pensamiento racional, tal vez por la esperanza de no volver a pasar por ello.

Mañana es un día menos



La enorme ciudad, de repente, se presenta cerrada ante mí y me doy cuenta de que soy yo quien posee la llave de la jaula en la que la encerró hace ya algún tiempo. Hoy, pocos días antes de abandonarla, me doy cuenta de mi responsabilidad ante la jaula y su presa y sobre todo ante mí. Tres meses van a pasar desde que vine a sobrevivir en esta maqueta gris de cemento y humo. El comienzo fue complicado al sentirme tan vulnerable e insignificante en un mapa que se extendía desde mis pies en todas direcciones y sin saber donde llevaba cada una de ellas, a excepción de las coloridas líneas de un metro kilométrico. Mi paso por esta ciudad siempre se asemejó a la de un busca recompensas, preguntando aquí y allá por lo único que buscaba con un interés específico que apartaba otros caminos a recorrer tal vez en otro momento, pero siempre con sigilo, timidez y no demasiadas esperanzas, pero ese vaivén de dudas me hacía ir de un sitio a otro, platicar con nuevos rostros en nuevos lugares en los que pasar desapercibido. Me sentía animado e inquieto, me sentía vivo. Palabras medidas, actitudes sencillas y conocidxs de gran valor me llevaron a dar con la escondida mina de oro en poco tiempo, sorprendiéndome al descubrir una posible habilidad que desconocía, la de encontrar, por más que cueste, lo que realmente quiero. Con el sitio ubicado, solo era cuestión de tiempo esperar al momento oportuno, que podría ser en cualquier momento. Esa incertidumbre me ha hecho pensar únicamente en ese destino, intentando acelerar la fecha de iniciar el camino deseándola lo más pronto posible. Esto me ha abstraído. Solo caminaba por las cuerdas del tiempo, en una sola dirección, olvidando que las cuerdas del espacio de la red de la que hablaba Kant me podrían permitir caminar y mirar hacia otros lados y descubrir, al fin y al cabo, las oportunidades que se presentaban si yo me presentaba ante ellas. Me refiero, menos metafóricamente, a que he ignorado la ciudad. Es cierto que no podía implicarme en proyectos o comprometerme con algunas personas en hacer algo, menos de una manera continua, puesto que las responsabilidades a asumir podrían verse interrumpidas cualquier día, debiendo responsabilizar a otra persona por circunstancias que únicamente me atañen a mí. No quería eso. No quería asumir cosas que tal vez no podría asumir.


A la vez, sumaba la escusa (porque es de lo que estoy hablando, meras escusas) de que el Distrito Federal no me llamaba a recorrerlo, a conocerlo o explorarlo, decidiendo hacer vida “doméstica”. Y esto me encerró. Encerré la ciudad para que me encerraran las letras, leyendo, estudiando y escribiendo en un pequeño cuarto que me acercaba a mundos desconocidos. Al fin y al cabo, iba así a poder darle una dedicación entera al estudio de lo que realmente me interesaba mientras esperaba que me avisasen de cuál sería la fecha de partida. También por la economía, que al sufrir un duro golpe tendría que reducir gastos severamente, abandonando el entrenamiento apenas iniciado. Mas escusas, únicamente. Y es que olvidé la más importante, aquella que me hizo viajar a tantos sitios respondiendo a un simple “¿y por qué no?”, la misma que me hizo regresar, atravesando el atlántico durante 12 horas. Hablo de  la escusa de ver el día de hoy no como un día más, sino como un día menos. La de ver la vida una cuenta atrás que en cualquier momento nos puede sobrepasar con su rutina, dejándonos arrastrar por un fuerte torbellino de segundos que giran con fuerza y sin sentido en el sentido de las agujas del reloj. Entre el tic y el tac debemos marcar nuestro propio ritmo, bailar nuestra canción, no la del péndulo. Mejor asumir que esa fecha, fecha o cualquier cosa, simplemente vendrá y que hasta ese entonces se debe hacer algo, ya que de otra manera seremos dependientes de circunstancias ajenas, perdiendo el control de nuestro tiempo y espacio, es decir, perdiendo el control de nuestras vidas.

¿Por qué esperar? La espera es pasiva, por lo tanto destructiva. Mejor construir durante el presente, aunque incierto, sin depender de un futuro que inevitablemente, también se presenta como incierto. La calle, la vida de ahí fuera te da posibilidades a cada paso, y al ser ésta una ciudad monstruosamente grande son más los pasos que necesito dar y por lo tanto más las oportunidades que se pueden presentar como tropiezos, charlas, chelas, lecturas, dibujos, paseos, sustos, saludos, fotos, dar voz a los muros y calor a la noche… En definitiva, construir recuerdos, solo o acompañado, pero algo que recordar. Es algo que me ha angustiado, pues en parte es algo irreconocible por mi parte. Sin duda las ideas sobrevuelan y aterrizan como golpes en mi cabeza, sorprendiéndome, ya que después tendré que apagar el fuego de semejante bomba. Pero todo es posible, hasta lo imposible.

Todo esto es fácil de ver cuando convives con alguien que baila a la vida ante el sol y la luna y que cambia su descanso por poder seguir bailando entre sábanas y sueños, también cuando quienes escriben desde la lejanía de la distancia y la cercanía del querer no duda en mi hiperactividad, la que en parte me caracteriza. Como decía, en breve abandonaré el microclima chilango por un pequeño y caluroso pueblo, más tranquilo y humano, pero en cualquier caso, intentaré ocupar cada segundo con un sano estrés propio de las grandes ciudades.
Ante todo lo escrito qué decir. Pues digo ¡carajo! Que hay que moverse también mas allá de las ideas, que sin acción no son más que descargas eléctricas entre neuronas. Que yo también canto “que se muera quien espere” y no me quiero suicidar el ánimo. Por esto tampoco me arrepiento, porque he logrado lo que pensé imposible lograr a miles de kilómetros hace miles de horas. Simplemente, y por eso lo escribo, quiero recordarme la importancia de exprimir la vida, que si no le sacas el jugo solo te conformas con la corteza, sin saber que se esconde dentro, sin conocer la semilla, el renacer. Y es tan simple como eso, hacer de cada despertar un renacer con ilusión por descubrir lo que la vida, desconocida, te depara. Como he leído mientras comía “No debes preocuparte, sino ocuparte”.





Te amo




Te amo.
Asi de sencillo
y de explícito.
Te amo.

Hace tiempo que no dedico versos
menos aun por amor
Pero ya no se como expresar
que mi sangre se cristaliza
cuando apenas puedo verte,
teniendo tu reflejo por todo mi cuerpo
y tus pestañas clavadas en los nervios,
hiriendo dulcemente mis sentidos.

Te amo.
Con la sinrazón
y con lívido.
Te amo.

Y es que te ansío.
Te necesito para saber de mi
que sin ti no me encuentro.
Apenas puedo dejar de pensarte,
mas ni puedo imaginarte desnuda
pues tal visión insultaría tu belleza
incapaz cualquiera de adivinarla
infeliz cualquiera que la niega.

Te amo.
Para mi
pero con otrxs.
Te amo.

Más que nada te deseo.
Dolorosa e imborrable, como un tatuaje.
¡Ah, compartirte y ofrecerte alegremente!
Y que mi gozo de tenerte sea el gozo de regalarte
Que si escondida e intacta te escribo,
infiel y promiscua te antojo,
hiriendo a quienes no te tendrán por cobardes,
por no apartar lo que ya tienen y no pueden amar.

Te amo.
Preso de las dudas
y de tus raptores.
Te amo.

¿Cuándo nuestro encuentro?
¿Cuándo me arrastrarás donde tu solo sabes?
¿Cuándo me arrancarás los ojos para verte?
¿Cuándo olvidar miedos?
Que por ti muero cada día
y cada día de muerte por tí es vida.
Yo te busco en el salado fango y en las negras nubes
para muerto escucharte decir “sé que lo intentaste”.

Te amo.
No se si me leas,
no se si me oigas.
Pero te amo, Libertad.

    CONTACTO

    Para contactar, deja tu mail en algún comentario. Yo te mandaré un mail tras borrar tu direccion mail del blog

    Buscar en este blog


    Nos sobran razones

    Nos sobran razones
    Pincha la imagen; escucha el grito

    El viaje de Said

    El viaje de Said
    Pincha y siente olas de sueños, espuma de esperanza