En nuestra vida tenemos numerosos días importantes que se repiten cada año: cumpleaños, aniversarios tanto buenos como malos, festivos… y cada cual decide como celebrarlo. Aunque esto no ocurre siempre. Hay días (cada vez más) en los que la celebración ya está encaminada, por decirlo de alguna manera, hacia una celebración concreta. Como no, la mayoría de estas están relacionadas con un consumo mayor que el habitual de distintos productos (alimentos, bebidas, regalos, ropa para la ocasión…) pero nos lo venden como una fecha que merece alguna distinción en nuestro calendario, siendo también una buena escusa para romper con la rutina que muchas veces y sin darnos cuenta se apodera de nosotrxs hasta hacernos meras máquinas de producción y consumo. Todo esto me viene a la cabeza por la proximidad a un 14 de febrero, día de San Valentín en España (aquel país de países) o día del Amor y la Amistad en México (aquel… aquella realidad). Han sido cuatro los febreros en los que he tenido que argumentar mi incomodidad ante esta fecha con mi pareja de aquel entonces, alegando que por qué ese día para demostrar a alguien que lx quiero, lx amo. La respuesta, prefabricada, descubre una razón irracional de nuestro día a día: “¡Todo el mundo lo hace! ¿Por qué nosotrxs no?”.
Las radios, concesionarios, periódicos, cadenas televisivas, bazares, y no me sorprendería ver también alguna taquería, se preparan para este esperado día, en el que todo el mundo sabe que solo se trata de una verdadera fiesta para lxs empresarixs, pero qué menos que un pequeño detalle. No importa que trabajes durante doce horas cada día, intentando vender cualquier mamada que te encargue tu jefe, otro tiburón capitalista inmiscuido en una mafia mayor en la que seguramente varios diputados andarán intentando recoger migajas acosta de sangre, ahogándote en ese caliente, artificial y podrido aire de la fábrica o el metro, dejándote la voz y la vida. No, has de cumplir ante Dio$. Aquí en México es realmente exagerado, pero ya lo dice el dicho: Tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios. Y es que, aunque os puedan aburrir las típicas denuncias de un aburrido antisistema por hobby (ya les gustaría), la influencia sociocultural del imperio USA (amén) marca nuestro día a día y se impone sobre las tradiciones y sobre lo natural, prefiriendo escuchar a Mario Bross o al presentador del telediario de la noche antes que las historias de nuestrxs vecinxs o simplemente las de cualquier ave. Influencia, por cierto, dirigida
única y específicamente al consumo indiscriminado, el cual sostiene un sistema muy inteligentemente creado para explotarnos a la vez que sonreímos y damos las gracias por ello. Para ello, un brutal marketing, utilizado también en fechas como navidad, en las que se supone que el hecho de celebrarlas te convierte en una mejor persona por vivir los valores que los mismos publicistas te dictan: amor, amistad, cariño, democracia, libertad…cuando tal vez te veas comprometido a verte con alguien que odias, te es indiferente o incluso ni conoces. Es decir, que el valor más importante es el del dinero, el cual te obliga a comportarte y hacer cosas que detestas.
Vale, hay gente que sí que realmente vive y siente estas fechas como dice la tele que deben vivirse y sentirse, pero eso no excluye que se siga tratando únicamente de un negocio y también que es bastante probable que esas personas no tengan los problemas de la mayoría de la gente o, mejor dicho, no vivan como la mayoría de la gente.
No escribo esto por desamor, melancolía, envidia o falta de sexo, sino porque estoy cansado de tanto corazoncito y color rosa y especialmente de los autobuses en los que solo se pueden escuchar canciones que solo hablan de todo eso.


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